La adicción a los videojuegos destruyó su vida

9 de December de 2011 | 10:13 am

Florida; 9 de diciembre del 2011 .- En el peor momento de lo que ahora considera una adicción, Ryan Van Cleave hacía cola en la caja de alguna tienda de abarrotes, a fin de pagar la leche, el pan y la comida para sus hijas pequeñas cuando, en una fracción de segundo, se salía de la realidad y pensaba que estaba viviendo en un juego de video.

Parece una locura, pero él dice que es verdad. Algo llamaba su atención, quizás el movimiento de otra persona, a quien alcanzaba a ver con el rabillo del ojo cuando seleccionaba algún producto de la tienda, y Van Cleave se sentía mental y emocionalmente transportado a otro mundo.

Sentía que estaba en World of Warcraft, su videojuego favorito.

Lo jugaba cada noche, cada día, y a veces durante todo el fin de semana.

El movimiento repentino de alguien en la tienda desencadenaba en Van Cleave una reacción similar a la que experimentaba frente a la pantalla de la computadora, cuando enfrentaba a dragones y monstruos, incluso por 60 horas a la semana.

Su corazón latía a tope. Su respiración se aceleraba.

El padre treintañero tenía que hacer un gran esfuerzo para tranquilizarse y volver a la realidad. Al menos, a su realidad.

Y es que World of Warcraft comenzó a trastocar toda la vida de Van Cleave: la relación con su esposa y con sus hijos, así como su empleo como profesor universitario de inglés.

Antes de impartir sus clases o por las noches, mientras su familia dormía, Van Cleave pasaba horas frente a la pantalla, jugando.

Solía comer ante la computadora.

Prefería los burritos calentados en el horno de microondas, las bebidas energéticas o cualquier otro alimento que pudiera sujetar sólo con una mano, a fin de que la otra quedara libre para manipular el teclado y el “ratón”.

El vivir dentro del videojuego le parecía preferible a la vida cotidiana, particularmente porque, en esta última, se la pasaba peleando con su esposa, quien le reclamaba por el tiempo que dedicaba a la computadora.

“Jugar World of Warcraft me hace sentir como Dios”, escribió Van Cleave. “Tengo todo el control y puedo hacer lo que  quiero, sin muchas repercusiones reales. El mundo real me hace sentir impotente… una falla de computadora, un niño llorón, una batería de celular agotada. La distracción más pequeña en la vida cotidiana me quita poder”.

Pese a pensamientos como éste y a los episodios de disociación de la realidad en los supermercados, Van Cleave no creía tener problemas para mantenerse en la vida real. Pero los tenía, y pronto llegarían las consecuencias.

Historia

Van Cleave creció en un suburbio de Chicago. Fue hijo adoptivo y se sentía un intruso en su propia casa y en el mundo, recordó. De niño, le interesaban particularmente las guitarras y las computadoras.

En la secundaria, cada año deparó juegos más emocionantes con mejores gráficos. Sus padres le compraban los juegos porque éstos parecían atraer a todos los adolescentes. Además, el joven tocaba la guitarra en un grupo, de modo que los videojuegos no constituían su única actividad.

Luego, Van Cleave llegó a la universidad.

“Jugar 15 o 20 horas a la semana cuando estás en esa etapa no es mucho”, dijo Van Cleave, quien se graduó en inglés de la Universidad del Norte de Illinois. “El problema ocurrió después de eso, cuando entré al mundo real”.

Cursó una maestría y un doctorado en escritura creativa en la Universidad Estatal de Florida. A finales del 2003, se le ofreció el empleo de sus sueños, impartiendo clases en la Universidad de Clemson, en el sur de California.

Su esposa Victoria estaba embarazada por vez primera. El matrimonio no planificaba tener hijos aún y Van Cleave reconoció que lo conmocionó la idea de convertirse en padre.

Ambos llegaron tarde a la primera prueba de ultrasonido porque Van Cleave estaba jugando Madden Football en la computadora.

Fue en esta época que World of Warcraft (WoW) llegó a su vida.

Van Cleave terminó jugando un fin de semana entero. Se la pasaba pegado a la computadora mientras su familia dormía o cuando sus padres llegaban de visita y jugaban con su hija.

Victoria relató que se sentía “asqueada” y abandonada.

“No podía creer que alguien prefiriera una familia virtual a una real”, dijo.

Un motivo por el que Van Cleave se sintió tan cautivado por WoW es que el juego ofrecía diferentes perspectivas.

Antes, la mayoría de los juegos en los que participaba Van Cleave contaban sólo con una vista desde el aire, como si un ave percibiera la acción.

En WoW, un jugador puede hacer acercamientos y desplazamientos, y mirar una escena exactamente como lo haría un humano en la vida real.

Tres años después de que comenzó a trabajar en Clemson, la vida de Van Cleave comenzó a desmoronarse.

Sus cuatro perros murieron, por causas diversas. Su esposa volvió a quedar embarazada. Luego, Van Cleave comenzó a tener la impresión de que no le simpatizaba a otros profesores, quienes querían que se fuera.

Sin embargo, no trató de solucionar sus problemas. En vez de ello, liberó su ansiedad en WoW, un mundo virtual que podía controlar.

“Lo único que representaba algo significativo en esa época era WoW. Me aferré a eso para vivir”, escribió.

Para millones de personas que practican este juego, WoW es difícil de resistir.

Los jugadores crean un “avatar” o personaje virtual, que se desenvuelve en un ambiente creado por gráficos increíblemente realistas.

El jugador se siente como la estrella de una película de ciencia ficción, y el juego no termina, sino que siempre va escalando de nivel e incorporando versiones, aventuras y personajes.

“Siempre había algo mejor y más interesante”, dijo Van Cleave. Uno nunca puede tener suficiente dinero virtual, suficientes armaduras, suficiente apoyo. Hay que seguir”.

La productora de WoW, Blizzard Entertainment, se negó a emitir declaraciones sobre el caso.

En los últimos cinco años, han surgido noticias de gente que se siente agotada luego de jugar 50 horas seguidas, de adolescentes que han matado a sus padres por quitarles los videojuegos y de progenitores que no atienden debidamente a sus niños por estar todo el tiempo ante la computadora o la consola.

No hay investigaciones psiquiátricas suficientes, y algunas autoridades niegan que los juegos sean adictivos.

Pero Van Cleave insiste en que su adicción era similar a la que sienten quienes apuestan dinero hasta perderlo todo.

En el 2007, cuando nació su segundo bebé, Van Cleave jugaba unas 60 horas a la semana.

Unos meses después, Clemson no le renovó el contrato.

Aceptó un empleo por un año en la Universidad George Washington, impartiendo una hora semanal, lo que le alegró en el fondo, pues tenía más tiempo de jugar y de olvidarse del deterioro en la situación laboral.

Gastó el poco dinero que ganaba en más juegos, y compró dos nuevas computadoras, para apreciar mejor los gráficos.

En el 2007, Van Cleave tenía tres cuentas distintas de WoW, cada una de las cuales cuesta 14,95 dólares mensuales. Abrió una cuenta secreta en PayPal para pagar dos de las suscripciones al juego sin que su esposa se enterara.

Gastó 224 dólares —en dinero auténtico— para comprar oro virtual, de modo que pudiera aprovisionar a su avatar con un “sable de nivel épico” y una “armadura de primera clase”.

Comenzó a cambiar su personalidad.

“Cuando los hechos de la vida real interrumpían lo que él hacía en el juego, enfurecía muy pronto por ello”, recordó Rob Opitz, su mejor amigo de la secundaria, quien vivía en otro estado pero jugó WoW con él durante años.

AP